La neuropsicóloga Valeria Medina aborda el impacto de la tecnología en nuestro funcionamiento cognitivo.
Este artículo analiza cómo la tecnología transforma el cerebro humano mediante la adaptación neuroplástica y el cognitive offloading (descarga cognitiva). Frente a un entorno digital que reduce nuestras demandas mentales y fomenta fenómenos como la atención fragmentada o la memoria transactiva, la evaluación neuropsicológica y la estimulación cognitiva se consolidan como herramientas clínicas imprescindibles para exigir una participación activa del cerebro y preservar sus funciones ejecutivas en neurorrehabilitación.
El entorno digital: ¿deterioro o adaptación neuroplástica?
En pocas décadas, la tecnología digital ha pasado de ser una herramienta complementaria a formar parte de prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Consultamos el teléfono para saber qué hora es, recordar una cita, encontrar una dirección, comunicarnos, buscar información o tomar decisiones. Los buscadores nos permiten acceder a datos en segundos, los sistemas GPS nos indican cómo llegar a cualquier lugar y las redes sociales nos ofrecen un flujo casi ilimitado de información. Más recientemente, la inteligencia artificial generativa ha dado un paso más al permitirnos delegar tareas como resumir un texto, organizar información, generar ideas o redactar contenidos.
Farkaš (2024) plantea que esta transformación puede entenderse como la aparición de un nuevo entorno en el que el ser humano se desenvuelve de forma cotidiana. Al mundo físico y al mundo simbólico construido mediante el lenguaje y la cultura se suma ahora un mundo digital que está modificando la manera en que accedemos al conocimiento, nos relacionamos y resolvemos problemas.
Esto no significa que la tecnología esté deteriorando inevitablemente nuestro cerebro. Más bien, estamos viviendo un proceso de adaptación mutua. Diseñamos herramientas para responder a las limitaciones y necesidades de nuestra cognición y, a su vez, nuestro funcionamiento cognitivo se ajusta a un entorno en el que esas herramientas están constantemente disponibles. Farkaš (2024) señala que muchos aspectos del cerebro continúan siendo plásticos durante la edad adulta, aunque esta capacidad sea mayor en las etapas del desarrollo.
Cambios cerebrales asociados al entorno digital
Esa capacidad de adaptación también puede observarse a nivel cerebral. La interacción repetida con tecnologías digitales se ha asociado con cambios en la activación y conectividad de determinadas redes y, en algunos estudios, con diferencias estructurales. Se han descrito modificaciones vinculadas al uso intensivo de pantallas táctiles, a las búsquedas por internet o a la multitarea digital, aunque muchas de estas investigaciones son transversales y no permiten establecer una relación causal directa (Correia de Barros, 2024).
Por ello, estos resultados no deben interpretarse como evidencia de deterioro, sino como manifestaciones de un cerebro que responde a las demandas del entorno. Dependiendo de la actividad, esa adaptación puede implicar un mayor reclutamiento de algunas redes, una menor participación de otras o el desarrollo de estrategias distintas para resolver una misma tarea (Kassa, 2026).
Impacto del cognitive offloading en las funciones cognitivas
Uno de los conceptos que mejor permite comprender este fenómeno es el de descarga cognitiva o cognitive offloading. Las personas siempre hemos utilizado elementos externos para disminuir nuestras demandas mentales, como escribir una lista de la compra, tomar notas o preguntar a otra persona son ejemplos tradicionales. La diferencia es que internet y los smartphones han multiplicado enormemente nuestra capacidad para almacenar y recuperar información externa. Firth et al. (2019) describen internet como una especie de sistema de “memoria transactiva” donde, en lugar de recordar necesariamente un dato, podemos recordar cómo o dónde encontrarlo.
Esta reorganización de las demandas cognitivas no afecta a una única capacidad, sino que puede observarse en atención, memoria, orientación, lenguaje, funciones ejecutivas y cognición social.
Atención: de mantener el foco a la atención parcial continua
La atención es probablemente una de las funciones más estudiadas en relación con el entorno digital. Smartphones, redes sociales, correo electrónico, mensajes y notificaciones generan oportunidades constantes para cambiar de foco. Shanmugasundaram y Tamilarasu (2023) describen este fenómeno como atención parcial continua, un estado en el que mantenemos nuestra atención distribuida entre múltiples fuentes sin llegar a implicarnos completamente en una sola.
El problema no es únicamente la cantidad de tiempo que pasamos frente a una pantalla, sino el tipo de interacción que mantenemos con ella. La multitarea mediática nos obliga a alternar entre actividades, recuperar continuamente el punto en el que estábamos e inhibir estímulos irrelevantes. Firth et al. (2019) revisaron estudios en los que las personas que realizaban multitarea mediática con mayor frecuencia mostraban peor rendimiento en tareas que requerían atención sostenida y mayor susceptibilidad a la distracción.
Las propias plataformas pueden favorecer este patrón. El desplazamiento continuo de contenidos, las notificaciones, la reproducción automática o las recomendaciones personalizadas permiten pasar rápidamente de un estímulo a otro. Farkaš (2024) señala que la abundancia de información y el diseño altamente atractivo de muchas herramientas digitales pueden favorecer sobrecarga informativa y un estilo de atención más fragmentado.
Esto no permite afirmar que las redes sociales hayan reducido universalmente nuestra “capacidad de atención”. La evidencia es más compleja. Lo que sí sugiere es que un entorno que premia constantemente el cambio de estímulo no exige exactamente los mismos mecanismos que leer durante una hora, mantener una conversación compleja o concentrarse prolongadamente en una única tarea.
Memoria: recordar menos información y recordar mejor dónde encontrarla
La memoria también está cambiando su relación con el entorno. Si sabemos que una información está almacenada en nuestro teléfono o disponible en Google, puede disminuir la necesidad de memorizarla. Firth et al. (2019) recogen investigaciones en las que las personas tendían a recordar mejor dónde encontrar determinados datos que los datos en sí cuando sabían que podrían volver a acceder a ellos.
Correia de Barros (2024) describe resultados similares y señala que las personas que creían que cierta información quedaría almacenada externamente podían recordar menos contenido que quienes esperaban depender únicamente de su propia memoria. Sin embargo, la misma revisión recoge el efecto opuesto, ya que descargar determinada información puede liberar recursos cognitivos y permitir recordar mejor otros elementos.
Por tanto, no podemos hablar simplemente de “pérdida de memoria”. Lo que parece estar cambiando es nuestra estrategia. Parte de la memoria interna se complementa cada vez más con una memoria externa formada por calendarios, buscadores, fotografías, conversaciones almacenadas y dispositivos digitales.
Algo similar ocurre con las fotografías. Diferentes estudios revisados por Correia de Barros (2024) relacionan la toma de fotografías con un menor recuerdo posterior de determinados detalles, posiblemente porque confiamos en que la cámara conservará la experiencia por nosotros.
Orientación espacial frente a la dependencia del GPS
La orientación espacial constituye uno de los ejemplos más claros de descarga cognitiva. Movernos por un entorno sin ayuda implica identificar referencias, recordar giros, actualizar nuestra posición y construir una representación mental del espacio. Los sistemas de navegación reducen enormemente estas demandas al proporcionar instrucciones paso a paso.
Correia de Barros (2024) recoge investigaciones que relacionan un uso elevado del GPS con un peor rendimiento en memoria espacial dependiente del hipocampo. Esto no significa que utilizar Google Maps o Waze deteriore directamente el hipocampo, sino que seguir instrucciones externas puede requerir estrategias cognitivas distintas a orientarse mediante mapas mentales y referencias ambientales.
Shanmugasundaram y Tamilarasu (2023) también mencionan que los sistemas de navegación basados en inteligencia artificial pueden modificar la manera en que utilizamos procesos relacionados con la cognición espacial. El GPS es enormemente beneficioso para la autonomía y la eficiencia, pero facilitar una tarea y ejercitar la función que está detrás de ella no son exactamente lo mismo.
Lenguaje: entre el acceso inmediato y el procesamiento profundo
El lenguaje ha recibido menos atención que memoria o atención dentro de esta literatura, pero también aparecen resultados relevantes. En la infancia, Correia de Barros (2024) recoge estudios en los que un mayor uso de dispositivos móviles se relacionó con menores habilidades de lenguaje expresivo.
Farkaš (2024) cita además investigaciones con neuroimagen en las que un uso intensivo de medios digitales durante los primeros años se asoció con menor integridad microestructural de tractos de sustancia blanca relacionados con lenguaje y alfabetización, incluyendo conexiones entre regiones tradicionalmente vinculadas con el procesamiento lingüístico. Son asociaciones, no pruebas de que las pantallas produzcan directamente esas diferencias.
Al mismo tiempo, las tecnologías digitales también pueden favorecer el aprendizaje lingüístico. Las herramientas educativas y los sistemas de inteligencia artificial pueden adaptar ejercicios, ofrecer retroalimentación y facilitar la práctica de idiomas. El efecto, por tanto, depende del tipo de actividad y de si la tecnología sustituye el procesamiento o lo estimula.
Funciones ejecutivas: planificación, inhibición y toma de decisiones
Las funciones ejecutivas nos permiten organizar nuestra conducta, mantener objetivos, inhibir respuestas, resolver problemas y tomar decisiones. Actualmente también estamos externalizando parte de estos procesos.
Un calendario organiza nuestra agenda, un algoritmo filtra opciones y una inteligencia artificial puede ayudarnos a estructurar un proyecto o generar alternativas. Kassa (2026) señala que el acceso a información digital puede mejorar determinadas decisiones, pero que el exceso de información puede producir sobrecarga cognitiva y favorecer decisiones basadas en atajos en lugar de análisis profundos.
Farkaš (2024) añade que los algoritmos de recomendación simplifican la toma de decisiones al reducir el número de alternativas que debemos evaluar. Esta ayuda puede ser eficiente, pero también puede reforzar sesgos previos si solo nos muestra información coherente con nuestras preferencias.
La inteligencia artificial amplía aún más esta discusión. Shanmugasundaram y Tamilarasu (2023) señalan que los modelos de lenguaje pueden ayudar a explorar nuevas perspectivas y apoyar decisiones, pero una dependencia excesiva podría reducir oportunidades para practicar análisis, autonomía y pensamiento crítico.
Cognición social: relaciones humanas dentro de un nuevo entorno
Las redes sociales han trasladado una parte importante de nuestra interacción al mundo digital. Los mecanismos sociales básicos no desaparecen, pero el contexto cambia. Ahora la aceptación puede cuantificarse mediante seguidores, visualizaciones o “me gusta”, mientras que las comparaciones sociales pueden producirse con cientos o miles de personas.
Correia de Barros (2024) recoge estudios que relacionan el uso intensivo de redes con cambios en procesos de regulación emocional y reconocimiento de emociones, además de asociaciones entre el tamaño de las redes online y regiones cerebrales vinculadas con cognición social.
A pesar de ello, las redes sociales también pueden favorecer conexión y apoyo. En determinadas poblaciones, su uso se ha asociado con menor soledad y mayor apoyo social. Por ello, una vez más, el tipo de uso resulta más importante que la mera presencia de la tecnología.
Ventajas y riesgos de la hiperconectividad
La era digital ha ampliado enormemente nuestras capacidades. Podemos acceder al conocimiento de forma inmediata, mantener relaciones a distancia, aprender nuevas habilidades, compensar determinadas dificultades cognitivas y utilizar herramientas capaces de procesar cantidades de información imposibles para una sola persona. Farkaš (2024) incluso plantea la posibilidad de una relación de colaboración entre humanos e inteligencia artificial, en la que ambos sistemas aporten capacidades distintas y complementarias.
Estas ventajas conviven, sin embargo, con nuevas exigencias cognitivas. Kassa (2026) resume esta dualidad señalando que la tecnología puede generar sobrecarga cuando supera nuestros recursos atencionales o de memoria de trabajo, pero también favorecer el aprendizaje cuando está bien diseñada y se utiliza de forma estratégica. El efecto, por tanto, no depende únicamente de la presencia de la tecnología, sino también de qué tarea realiza, cómo la utilizamos y qué procesos cognitivos dejamos en manos de ella.
Desde esta perspectiva, la cuestión no es elegir entre tecnología o método “tradicional”. Nuestro funcionamiento cognitivo siempre se ha apoyado en herramientas culturales. La escritura permitió externalizar parte de la memoria, los mapas transformaron nuestra manera de orientarnos y las calculadoras modificaron la forma en que resolvemos operaciones. Lo que distingue al entorno digital actual es la velocidad, la disponibilidad permanente y la cantidad de procesos en los que puede intervenir de manera simultánea. Precisamente por eso, a medida que determinadas tareas se vuelven más sencillas gracias a la tecnología, adquiere interés preguntarnos qué oportunidades seguimos teniendo para poner en marcha las funciones cognitivas que antes participaban de forma más directa en ellas.
La importancia de seguir estimulando nuestras funciones cognitivas
Que una herramienta pueda realizar una tarea por nosotros no significa que debamos dejar de utilizarla ni renunciar a sus ventajas. Significa que podemos ser más conscientes de qué procesos estamos delegando y buscar otros contextos en los que esas capacidades sigan participando de forma activa. La estimulación cognitiva parte de esta idea y busca generar oportunidades para trabajar funciones como la atención, la memoria, la orientación, el lenguaje, el razonamiento o las funciones ejecutivas.
Esta posibilidad no está reñida con el uso de herramientas digitales. De hecho, Correia de Barros (2024) señala que determinadas tecnologías pueden utilizarse con objetivos de estimulación cognitiva y que sus efectos dependen de la naturaleza de la actividad y de la forma de uso. En la misma línea, Farkaš (2024) recoge investigaciones sobre entrenamiento digital y aplicaciones tecnológicas dentro de la neurorrehabilitación.
La diferencia está, por tanto, en la finalidad de la herramienta y en la demanda que genera. Un GPS está diseñado para facilitarnos la orientación y reducir parte del esfuerzo necesario para construir una ruta, mientras que una actividad de estimulación cognitiva puede estar diseñada precisamente para que la persona tenga que orientarse, identificar referencias o planificar un recorrido. Del mismo modo, un buscador intenta que encontrar información sea lo más rápido posible, mientras que una tarea cognitiva puede exigir mantenerla, manipularla, relacionarla con conocimientos previos y recuperarla posteriormente.
Así, la tecnología puede ocupar dos papeles distintos. En algunos momentos actúa como apoyo y reduce la carga cognitiva; en otros puede convertirse en una herramienta para generar de forma intencional esa misma demanda. La importancia está en mantener un equilibrio entre ambas funciones.
Conclusión
La era digital no parece estar conduciendo de forma demostrada a un deterioro generalizado del cerebro. La evidencia disponible muestra asociaciones entre determinados patrones de uso y cambios en distintas funciones cognitivas, pero todavía existen importantes limitaciones metodológicas y faltan estudios longitudinales que permitan conocer sus efectos durante décadas.
Lo que sí parece cada vez más evidente es que nuestra cognición está adaptándose a un entorno diferente. El cerebro cambia sus conexiones y sus estrategias en función de la experiencia, mientras que nosotros diseñamos el entorno tecnológico precisamente para ajustarlo a nuestras capacidades y limitaciones. Es un proceso bidireccional y, en cierto modo, una nueva etapa de nuestra evolución cultural.
Por ello, el objetivo no debería ser rechazar la tecnología ni la inteligencia artificial. Ambas pueden mejorar nuestra autonomía, facilitar el aprendizaje, aumentar la productividad y permitirnos acceder a recursos antes inimaginables. El reto consiste en utilizarlas con criterio, entendiendo qué procesos estamos delegando y manteniendo oportunidades para ejercitar nuestras propias capacidades.
La tecnología puede recordar, orientarse, calcular o incluso generar respuestas por nosotros. Pero seguir poniendo en marcha nuestras funciones cognitivas continúa siendo relevante en un cerebro que permanece plástico y sensible a la experiencia. En la era digital, probablemente la cuestión no sea cuánto podemos hacer sin tecnología, sino cómo podemos utilizarla sin dejar de participar activamente en nuestros propios procesos cognitivos.
Bibliografía
- Correia de Barros, E. (2024). Understanding the influence of digital technology on human cognitive functions: A narrative review. IBRO Neuroscience Reports, 17, 415–422. https://doi.org/10.1016/j.ibneur.2024.11.006
- Farkaš, I. (2024). Transforming cognition and human society in the digital age. Biological Theory. https://doi.org/10.1007/s13752-024-00483-3
- Firth, J., Torous, J., Stubbs, B., Firth, J. A., Steiner, G. Z., Smith, L., Alvarez-Jimenez, M., Gleeson, J., Vancampfort, D., Armitage, C. J., & Sarris, J. (2019). The “online brain”: How the Internet may be changing our cognition. World Psychiatry, 18(2), 119–129. https://doi.org/10.1002/wps.20617
- Kassa, S. T. (2026). Cognitive benefits and risks of digital technology engagement. Discover Psychology, 6, Article 10. https://doi.org/10.1007/s44202-025-00527-0
- Shanmugasundaram, M., & Tamilarasu, A. (2023). The impact of digital technology, social media, and artificial intelligence on cognitive functions: A review. Frontiers in Cognition, 2, 1203077. https://doi.org/10.3389/fcogn.2023.1203077
Preguntas frecuentes sobre el cerebro en la era digital
1. ¿El uso intensivo de la tecnología produce un deterioro cognitivo generalizado?
La evidencia actual sugiere que no se trata de un deterioro inevitable, sino de un proceso de adaptación mutua. El cerebro adulto mantiene su plasticidad y responde a las demandas del entorno digital, lo que puede implicar el reclutamiento de diferentes redes neuronales o el uso de nuevas estrategias para resolver tareas.
2. ¿Cómo afecta la multitarea digital a los procesos atencionales del paciente?
El cambio constante entre pantallas, redes y notificaciones favorece un estado de «atención parcial continua», donde los recursos se distribuyen entre múltiples fuentes. Quienes realizan multitarea mediática con alta frecuencia suelen mostrar un peor rendimiento en tareas que exigen atención sostenida y una mayor susceptibilidad a los distractores.
3. ¿Qué impacto tiene el uso crónico del GPS en la memoria espacial?
El uso elevado de sistemas de navegación guiada reduce significativamente las demandas mentales de la orientación y se ha relacionado con un peor rendimiento en la memoria espacial dependiente del hipocampo. Esto ocurre porque seguir directrices externas requiere estrategias cognitivas distintas a las necesarias para construir representaciones y mapas mentales del espacio.
4. ¿Es compatible el uso de pantallas con los programas de estimulación cognitiva?
Sí, determinadas tecnologías pueden y suelen utilizarse con objetivos de neurorrehabilitación. Mientras que herramientas como los buscadores buscan minimizar el esfuerzo mental, los programas clínicos digitales están diseñados intencionalmente para generar demanda y exigir la participación activa de funciones como la memoria, el razonamiento o las funciones ejecutivas.







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