Valeria Medina, neuropsicóloga de NeuronUP, analiza la evidencia científica sobre la moda de la proteína y sus efectos reales en la salud cerebral y la cognición.
La actual tendencia hacia las dietas hiperproteicas ha convertido al macronutriente de la proteína en un símbolo indiscutible de la alimentación saludable. Sin embargo, ¿qué nos dice la evidencia científica sobre los verdaderos efectos de la proteína en el cerebro?
Aunque un consumo adecuado es vital para sintetizar neurotransmisores y preservar la estructura neuronal, un exceso en personas sedentarias no garantiza mejoras neurocognitivas e, incluso, puede desplazar otros nutrientes esenciales. En este artículo, analizamos el impacto metabólico, estructural y cognitivo de la «proteinización» para ayudar a los profesionales de la salud a orientar mejor a sus pacientes basándose en la ciencia.
La “proteinización” de la alimentación, un fenómeno en auge
En pocos años, la proteína ha pasado de asociarse casi exclusivamente con el culturismo a convertirse en uno de los grandes símbolos de la alimentación saludable. La etiqueta “alto en proteína” aparece hoy en cereales, panes, postres, snacks y bebidas, y para muchas personas funciona como una garantía automática de calidad.
El fenómeno responde al auge del entrenamiento de fuerza, la preocupación por la composición corporal, el miedo a perder masa muscular con la edad y la popularidad de las dietas saciantes. En 2025, el 70% de los consumidores estadounidenses encuestados afirmó estar intentando consumir más proteína y el 23% declaró seguir una dieta alta en este nutriente. “Buena fuente de proteína” se convirtió además en el criterio más elegido para definir un alimento saludable. La industria ha respondido con productos fortificados, aunque un alimento no se vuelve saludable solo por incluir la palabra “proteico”. Su valor depende de la composición completa, del grado de procesamiento y de las necesidades de quien lo consume (Clinthorne et al., 2026).
La proteína es esencial: por qué más no siempre significa mejor
La proteína proporciona aminoácidos esenciales, participa en la reparación de tejidos, mantiene la masa muscular y forma parte de enzimas, hormonas y anticuerpos. Algunos aminoácidos actúan también como neurotransmisores o como precursores de serotonina, dopamina, noradrenalina, glutamato, GABA y glicina, por lo que su función va mucho más allá del músculo (Kim et al., 2025).
Una ingesta adecuada puede favorecer la saciedad, ayudar a conservar masa magra durante la pérdida de peso y apoyar la síntesis muscular cuando se combina con ejercicio de fuerza. Estos beneficios son especialmente relevantes en deportistas, adultos mayores, personas con riesgo de sarcopenia y quienes siguen una dieta hipocalórica (Clinthorne et al., 2026). El problema surge cuando un beneficio contextual se convierte en una recomendación universal. La suplementación por sí sola tiene efectos modestos sobre la fuerza y el rendimiento si no existe entrenamiento. En una persona sedentaria que ya cubre sus necesidades, aumentar la proteína probablemente aporte poco beneficio adicional (Kim et al., 2025).
También conviene diferenciar suficiencia de exceso. Las necesidades cambian con la edad, el nivel de actividad, el embarazo, la enfermedad y el riesgo de pérdida muscular. Por ello, una cantidad adecuada para una persona joven y sedentaria puede no ser suficiente para un adulto mayor o para alguien que entrena fuerza con frecuencia (Knopf & Lamming, 2026).
¿Qué dice la evidencia científica sobre las dietas altas en proteína?
Evidencia sobre los efectos de la proteína a nivel metabólico y de longevidad
Beneficios observados del consumo elevado de proteína
Uno de los efectos más conocidos de las dietas altas en proteína es el aumento de la saciedad. Al reducir el hambre y facilitar el control de la ingesta, pueden favorecer la pérdida de peso cuando forman parte de una dieta con restricción calórica. En este contexto, también ayudan a preservar la masa libre de grasa y pueden producir un ligero incremento del gasto energético (Kim et al., 2025).
El consumo elevado también puede ser útil cuando existe un estímulo muscular adecuado. Al combinarse con entrenamiento de fuerza, una mayor disponibilidad de aminoácidos favorece la síntesis proteica muscular y la recuperación. Este efecto resulta especialmente importante en deportistas y personas activas, pero también en adultos mayores, que presentan una menor respuesta anabólica y un mayor riesgo de perder masa muscular con la edad (Clinthorne et al., 2026).
Efectos adversos observados del consumo elevado de proteína
Algunos estudios observacionales como el de Kim et al. (2025) ha demostrado que los efectos anteriores disminuyen cuando el consumo elevado no se acompaña de ejercicio, restricción calórica o una necesidad fisiológica aumentada. En personas sedentarias que ya cubren sus requerimientos, añadir más proteína tiene una repercusión pequeña sobre la masa muscular, la fuerza y el rendimiento. Asimismo, se ha relacionado un consumo elevado de proteína animal con mayor riesgo de diabetes tipo 2, cáncer o mortalidad. Estas asociaciones no son uniformes y pueden depender de la edad, el estado de salud, la actividad física y el tipo de alimento del que procede la proteína. También existe el riesgo de que una dieta centrada en la proteína desplace otros alimentos importantes. Si para aumentar su consumo se reducen en exceso las frutas, las verduras, los cereales integrales o las legumbres, puede disminuir la ingesta de fibra, vitaminas, minerales y compuestos bioactivos necesarios para la salud metabólica.
En modelos experimentales, una disponibilidad elevada de aminoácidos como metionina, leucina, isoleucina y otros aminoácidos de cadena ramificada puede activar de forma sostenida vías relacionadas con el crecimiento celular, entre ellas mTORC1. Esta activación se ha vinculado con resistencia a la insulina, menor autofagia y procesos asociados con el envejecimiento, aunque su relevancia directa en humanos todavía no está completamente definida (Knopf & Lamming, 2026).
Asimismo, una ingesta elevada de proteína podría asociarse con efectos menos favorables durante la mediana edad, mientras que en edades avanzadas puede proteger frente a sarcopenia, fragilidad y desnutrición (Kim et al., 2025).
Evidencia sobre los efectos de la proteína a nivel cerebral
Beneficios observados del consumo elevado de proteína
La proteína aporta los aminoácidos necesarios para mantener la estructura neuronal y producir neurotransmisores. La tirosina y el triptófano participan en la síntesis de dopamina, noradrenalina y serotonina, mientras que otros aminoácidos intervienen en los sistemas del glutamato, GABA y glicina, todos ellos fundamentales para la comunicación cerebral (Nagao, 2024).
Los aminoácidos de cadena ramificada también participan en la regulación del glutamato. Este neurotransmisor desempeña un papel central en la plasticidad sináptica, el aprendizaje y la memoria, por lo que una disponibilidad adecuada de aminoácidos podría contribuir al mantenimiento de estos procesos (Coelho-Júnior et al., 2021).
A nivel estructural, un estudio longitudinal realizado con datos del UK Biobank encontró que una mayor proporción de proteína animal se asociaba con una menor reducción del volumen del hipocampo. La relación también apareció al comparar la proporción de proteína animal y vegetal, y fue especialmente favorable en quienes consumían pescado y marisco (Cui et al., 2024).
Algunas intervenciones con alimentos ricos en proteína también han observado mejoras en el flujo sanguíneo de regiones cerebrales relacionadas con la memoria y la velocidad psicomotora. Estos cambios se describieron principalmente en estudios con frutos secos y soja, aunque los alimentos analizados contenían otros nutrientes además de proteína (Adams et al., 2025).
Efectos adversos observados del consumo elevado de proteína
La cantidad total de proteína no se ha relacionado de forma consistente con una mejor conservación de la estructura cerebral. En el estudio del UK Biobank no se encontraron asociaciones significativas con el volumen cerebral total, la sustancia gris, la sustancia blanca o las hiperintensidades de sustancia blanca. Los resultados se concentraron casi exclusivamente en el hipocampo. Además, las asociaciones observadas no fueron siempre lineales. En algunos análisis, aumentar el consumo por encima de determinados niveles no produjo ventajas adicionales, por lo que no puede asumirse que una cantidad mayor proteja más el cerebro (Cui et al., 2024).
Tampoco es posible atribuir estos hallazgos únicamente a la proteína. El pescado aporta ácidos grasos omega-3, los frutos secos contienen grasas insaturadas y polifenoles, y otros alimentos proteicos pueden proporcionar vitaminas y minerales con efectos propios sobre la salud cerebral (Adams et al., 2025).
La disponibilidad de aminoácidos también debe mantenerse dentro de un equilibrio. El glutamato es indispensable para la neurotransmisión, pero una concentración extracelular excesiva puede generar excitotoxicidad y daño neuronal. Por ello, la relación entre proteína y cerebro no puede reducirse a que una mayor disponibilidad de aminoácidos siempre resulta beneficiosa (Coelho-Júnior et al., 2021).
Por ahora, existen pocos estudios sobre el consumo prolongado de dietas altas en proteína, suplementos concentrados o alimentos fortificados y sus efectos sobre la estructura cerebral. Tampoco hay una cantidad específica recomendada para prevenir la atrofia, el Alzheimer u otras enfermedades neurodegenerativas (Nagao, 2024).
Evidencia sobre los efectos de la proteína a nivel cognitivo
Beneficios observados del consumo elevado de proteína
Los estudios sobre cognición han encontrado algunos efectos favorables, aunque no de forma uniforme. Una revisión de ensayos clínicos observó mejoras en velocidad psicomotora en tres de nueve investigaciones que compararon una intervención proteica con un control sin proteína o con una cantidad menor. Los resultados positivos aparecieron con cacahuetes, frutos secos de soja y concentrado de proteína láctea.
Los estudios sobre cognición (Adams et al., 2025) han encontrado algunos efectos favorables, aunque no de forma uniforme:
- Se han descrito mejoras en memoria de trabajo, memoria declarativa y memoria visoespacial, principalmente tras el consumo de nueces, cacahuetes o mezclas de frutos secos.
- Estos resultados sugieren que determinados alimentos ricos en proteína podrían influir favorablemente en dominios cognitivos concretos, aunque sus efectos no pueden atribuirse exclusivamente a la proteína.
- En poblaciones clínicas, algunos resultados han sido más marcados: una suplementación proteico-calórica mejoró la cognición global en personas con ictus subagudo, mientras que una intervención con lactoferrina se relacionó con mejores puntuaciones en pacientes con enfermedad de Alzheimer.
En adultos mayores sin demencia, algunos estudios han encontrado asociaciones positivas entre una mayor ingesta proteica y la memoria, las habilidades visoespaciales, la fluidez verbal, la velocidad de procesamiento y la atención sostenida (Coelho-Júnior et al., 2021).
A largo plazo, un estudio prospectivo con más de 77.000 participantes observó que una mayor ingesta de proteína total, animal y vegetal se asociaba con una menor probabilidad de deterioro cognitivo subjetivo. Las asociaciones más favorables aparecieron con legumbres, pescado y aves magras, así como al sustituir parte de los carbohidratos o de la proteína animal por proteína vegetal (Yeh et al., 2022).
Efectos adversos y límites observados del consumo elevado de proteína
A pesar de estos resultados, la mayoría de los ensayos realizados en adultos sanos no encontró mejoras generales en atención, funciones ejecutivas, memoria o cognición global. Los efectos positivos se limitaron a determinadas pruebas, alimentos y grupos de participantes (Adams et al., 2025).
En adultos mayores, el metaanálisis de Coelho-Júnior et al. (2021) tampoco encontró una asociación significativa entre un mayor consumo de proteína y la cognición global. Este resultado fue similar en hombres y mujeres, aunque algunos dominios específicos mostraron asociaciones favorables.
También se han descrito efectos negativos en contextos concretos. Una dieta alta en proteína y baja en carbohidratos no mejoró la cognición global en personas con diabetes tipo 2 y, en uno de los ensayos, la velocidad psicomotora empeoró frente a una dieta convencional (Adams et al., 2025).
La fuente alimentaria modifica además los resultados. Mientras que las legumbres, el pescado y las aves magras se asociaron con una mejor función cognitiva subjetiva, las carnes procesadas se relacionaron con un mayor deterioro. Estas diferencias podrían estar relacionadas con la cantidad de productos finales de glicación avanzada, las grasas y los métodos de cocinado, y no solo con la proteína (Yeh et al., 2022).
Por último, Adams, et al. (2025) consideran que los beneficios observados en estudios con frutos secos tampoco pueden atribuirse únicamente a su contenido proteico, ya que estos alimentos aportan fibra, polifenoles, grasas saludables y micronutrientes. La heterogeneidad entre dosis, duración, fuentes de proteína, poblaciones y pruebas cognitivas impide establecer una relación dosis-respuesta o identificar una cantidad elevada que mejore la cognición.
Luces y sombras de la moda proteica en la salud
La moda proteica ha aumentado la atención sobre la importancia de conservar la masa muscular, prevenir la sarcopenia y cubrir las necesidades nutricionales en distintas etapas de la vida. También ha ampliado la disponibilidad de alimentos y suplementos prácticos para deportistas, adultos mayores y personas con requerimientos elevados. Los productos enriquecidos pueden facilitar el consumo de proteína cuando existe poco apetito, falta de tiempo, una dieta hipocalórica o una necesidad clínica concreta. También pueden ayudar a distribuir la ingesta durante el día y después del entrenamiento (Clinthorne et al., 2026).
El problema aparece cuando la proteína se considera un indicador automático de salud. Una galleta, una barrita o un postre no se vuelven nutricionalmente adecuados solo porque incluyan proteína añadida. Algunos productos conservan cantidades elevadas de azúcar, grasas, edulcorantes y otros aditivos. La búsqueda constante de más proteína puede desplazar alimentos ricos en fibra, grasas saludables, vitaminas, minerales y compuestos vegetales. También puede favorecer una alimentación menos variada y excesivamente centrada en un solo macronutriente (Kim et al., 2025).
En personas sedentarias que ya cubren sus necesidades, el consumo adicional mediante batidos, barras o productos fortificados no ha mostrado beneficios relevantes sobre masa muscular, rendimiento o cognición. La utilidad de estos productos depende del contexto individual y no únicamente de la cantidad de proteína que aportan.
Conclusiones de la ingesta de proteína para profesionales de la salud
La proteína es esencial, pero su importancia no convierte automáticamente en saludable cualquier producto enriquecido ni justifica que toda la población deba aumentar su consumo. Además de la cantidad, también importan la calidad, la fuente y el perfil de aminoácidos. No todas las proteínas tienen la misma composición, digestibilidad ni aportan los mismos nutrientes, por lo que sus efectos pueden variar según la edad, la salud, la actividad física y los objetivos personales.
Por ello, una etiqueta que indique “alto en proteína” no debe interpretarse como una garantía de calidad nutricional. Algunos productos fortificados continúan siendo ultraprocesados y pueden contener cantidades elevadas de azúcar, grasas, edulcorantes o aditivos. También es necesario considerar qué tipo de proteína incluyen y qué alimentos quedan desplazados al incorporarlos a la dieta.
La actual “proteinización” de la alimentación es demasiado reciente para conocer sus efectos cerebrales a largo plazo. Disponemos de estudios sobre proteína, envejecimiento, estructura cerebral y cognición, pero todavía no sabemos qué ocurrirá después de décadas de consumir suplementos y productos fortificados de forma habitual, especialmente entre personas sedentarias que ya cubren sus requerimientos.
Por ahora, la evidencia invita a evitar los mensajes extremos. Ni “más proteína siempre es mejor” ni “reducirla alarga la vida” son conclusiones aplicables a todo el mundo. Lo más sensato es mantener una alimentación variada y equilibrada, priorizar fuentes de calidad y ajustar la cantidad y el tipo de proteína a las necesidades individuales. No todas las fuentes o formulaciones resultan igualmente adecuadas para todas las personas, especialmente cuando existen alergias, intolerancias, enfermedades o necesidades fisiológicas particulares.
Por esta razón, las decisiones relacionadas con aumentar, reducir o suplementar la proteína deben tomarse de la mano de un profesional de la nutrición o de la salud y siguiendo las recomendaciones de los principales organismos de nutrición, que integran este nutriente dentro de un patrón alimentario completo y no como el centro absoluto de la dieta.
Bibliografía
- Adams, M. S., Mensink, R. P., & Joris, P. J. (2025). Effects of dietary proteins on cognitive performance and brain vascular function in adults: A systematic review of randomised controlled trials. Nutrition Research Reviews, 38, 450–464. https://doi.org/10.1017/S0954422424000271
- Clinthorne, J., Leidy, H. J., & Sollid, K. (2026). A modern take on protein nutrition meets evolving consumer perceptions. The Journal of Nutrition, 156(5), 101477. https://doi.org/10.1016/j.tjnut.2026.101477
- Coelho-Júnior, H. J., Calvani, R., Landi, F., Picca, A., & Marzetti, E. (2021). Protein intake and cognitive function in older adults: A systematic review and meta-analysis. Nutrition and Metabolic Insights, 14, 1–10. https://doi.org/10.1177/11786388211022373
- Cui, F., Li, H., Cao, Y., Wang, W., & Zhang, D. (2024). The association between dietary protein intake and sources and the rate of longitudinal changes in brain structure. Nutrients, 16(9), 1284. https://doi.org/10.3390/nu16091284
- Kim, S. Q., Spann, R. A., Hill, C. M., Berryman, C. E., Berthoud, H.-R., McDougal, D. H., He, Y., Münzberg, H., Yu, S., & Morrison, C. D. (2025). Protein-restricted diets and their impact on metabolic health and aging. Annual Review of Nutrition, 45(1), 269–297. https://doi.org/10.1146/annurev-nutr-121624-114918
- Knopf, B. A., & Lamming, D. W. (2026). The hallmarks of protein and amino acid restriction in aging and longevity. Cell Press Blue, 1, 100079. https://doi.org/10.1016/j.cpblue.2026.100079
- Nagao, K. (2024). Cognition and nutrition: The role of dietary protein and amino acids in cognitive health. Current Opinion in Clinical Nutrition & Metabolic Care, 27(1), 40–46. https://doi.org/10.1097/MCO.0000000000000987
- Yeh, T.-S., Yuan, C., Ascherio, A., Rosner, B. A., Blacker, D., & Willett, W. C. (2022). Long-term dietary protein intake and subjective cognitive decline in US men and women. The American Journal of Clinical Nutrition, 115(1), 199–210. https://doi.org/10.1093/ajcn/nqab236
Preguntas frecuentes sobre
1. ¿Tener una dieta alta en proteínas ayuda a prevenir la pérdida de volumen cerebral?
La relación entre la cantidad total de proteína y la conservación de la estructura cerebral no es siempre lineal. Aunque un estudio observó que una mayor proporción de proteína animal se asociaba con una menor reducción del volumen del hipocampo, aumentar el consumo por encima de determinados niveles no produjo ventajas adicionales. Además, no se hallaron asociaciones significativas con el volumen cerebral total, la sustancia gris o la sustancia blanca.
2. ¿Cómo influyen los aminoácidos de las proteínas en la función del cerebro?
La proteína aporta los aminoácidos necesarios para mantener la estructura neuronal y producir neurotransmisores esenciales para la comunicación cerebral. Por ejemplo, la tirosina y el triptófano participan en la síntesis de dopamina, noradrenalina y serotonina. Sin embargo, la disponibilidad de estos aminoácidos debe mantenerse en equilibrio; un exceso de glutamato extracelular, por ejemplo, puede generar excitotoxicidad y daño neuronal.
3. ¿El consumo elevado de proteína mejora la memoria y la cognición?
La mayoría de los ensayos clínicos realizados en adultos sanos no ha encontrado mejoras generales en la atención, las funciones ejecutivas, la memoria o la cognición global derivadas de un mayor consumo de proteína. Los efectos positivos documentados se limitan a pruebas específicas y al consumo de alimentos concretos, como nueces o cacahuetes, cuyos beneficios cognitivos también se deben a su aporte de fibra, polifenoles y grasas saludables, no solo a la proteína.
4. ¿Tienen el mismo impacto cognitivo las proteínas de origen animal que las vegetales?
La evidencia sugiere que la fuente alimentaria modifica los resultados. Sustituir parte de la proteína animal por proteína vegetal se ha asociado con asociaciones más favorables a nivel cognitivo. Concretamente, alimentos como las legumbres, el pescado y las aves magras se vinculan con una menor probabilidad de deterioro cognitivo subjetivo, mientras que el consumo de carnes procesadas se ha relacionado con un mayor deterioro.
5. ¿Ayuda la dieta alta en proteína a prevenir el alzhéimer o la atrofia cerebral?
Actualmente, existen muy pocos estudios sobre el consumo prolongado de dietas altas en proteína, suplementos o alimentos fortificados y sus efectos directos sobre la estructura del cerebro a largo plazo. La evidencia actual indica que no hay una cantidad específica de proteína recomendada que prevenga la atrofia cerebral, la enfermedad de Alzheimer u otras patologías neurodegenerativas.
6. ¿Son saludables para el cerebro los productos procesados etiquetados como altos en proteína?
No necesariamente. El hecho de que una galleta, postre o bebida lleve la etiqueta «alto en proteína» no la convierte automáticamente en una opción saludable o beneficiosa para el cerebro. Muchos de estos productos enriquecidos siguen siendo alimentos ultraprocesados que pueden contener cantidades elevadas de azúcares, grasas de mala calidad, edulcorantes y aditivos.
7. ¿Es útil el consumo adicional de proteína mediante batidos o barritas en personas sedentarias?
En personas sedentarias que ya cubren sus requerimientos diarios, añadir más proteína a través de batidos, barras o productos fortificados tiene una repercusión muy pequeña sobre la masa muscular, la fuerza y el rendimiento. Además, la utilidad de estos productos para mejorar la cognición no ha mostrado beneficios relevantes en este grupo poblacional, por lo que su consumo indiscriminado no está justificado sin un estímulo muscular o una necesidad fisiológica aumentada.
8. ¿Debo recomendar suplementos proteicos a adultos mayores para mejorar su cognición?
La decisión debe ser individualizada. En adultos mayores sin demencia, algunos estudios asocian una mayor ingesta proteica con mejoras en la memoria, fluidez verbal o velocidad de procesamiento, pero los metaanálisis no han encontrado una asociación significativa entre un mayor consumo y la mejora de la cognición global. El uso de suplementos y productos fortificados depende del contexto individual, y su indicación debe contemplar las necesidades fisiológicas particulares del paciente.







Dormir para limpiar el cerebro: el vínculo entre sueño, sistema glinfático y demencia 
Deja una respuesta