Valeria Medina, neuropsicóloga de NeuronUP, aborda los 14 factores de riesgo modificables de demencia y cómo la reserva cognitiva protege al cerebro según la evidencia actual.
– 45% de los casos de demencia podrían prevenirse actuando sobre 14 factores modificables (Lancet, 2024).
– La prevención es un proceso dinámico de curso vital (infancia, mediana edad y vejez).
– Proteger el cerebro no solo implica reducir riesgos, sino construir reserva cognitiva mediante estimulación y participación social.
Prevención de la demencia y factores de riesgo
Cuando pensamos en prevenir la demencia, es fácil imaginar una conversación que empieza en la vejez, quizá cuando aparecen los primeros olvidos. Sin embargo, la evidencia actual propone una perspectiva mucho más amplia.
La Comisión Lancet de 2024 identifica 14 factores de riesgo potencialmente modificables y estima que actuar sobre ellos a lo largo del curso de vida podría prevenir o retrasar alrededor del 45% de los casos de demencia (Livingston et al., 2024). Entre estos factores se encuentran:
- La baja escolaridad,
- la pérdida auditiva,
- la hipertensión,
- el colesterol LDL elevado,
- la obesidad,
- el tabaquismo,
- la depresión,
- la inactividad física,
- la diabetes,
- el consumo excesivo de alcohol,
- los traumatismos craneoencefálicos,
- el aislamiento social,
- la contaminación del aire
- y la pérdida visual no tratada.
Hablar de factores “modificables”, sin embargo, no significa que todos dependan exclusivamente de decisiones individuales ni que puedan cambiarse con la misma facilidad. Bransby et al. (2024) advierten precisamente de la necesidad de considerar hasta qué punto cada factor es realmente modificable y qué barreras sociales, económicas, ambientales o sanitarias pueden condicionar esa posibilidad. Por eso, la prevención de la demencia se entiende mejor como una trayectoria construida durante décadas que como una lista de comportamientos que una persona debe cumplir a la perfección.
Además, proteger el cerebro no consiste únicamente en reducir exposiciones perjudiciales. También implica construir recursos que puedan ayudar a afrontar mejor los cambios asociados al envejecimiento y a la enfermedad. En este sentido, una revisión sistemática y metaanálisis sobre reserva cognitiva a lo largo del curso vital encontró que niveles más altos de reserva se asociaban con un menor riesgo posterior de demencia. La educación tuvo especial relevancia en etapas tempranas, mientras que la actividad cognitiva y la conexión social adquirieron mayor protagonismo en edades posteriores (Liu et al., 2024).
La prevención de la demencia empieza décadas antes de los primeros síntomas
En lugar de plantearnos únicamente qué puede hacer una persona mayor para reducir su riesgo de demencia, deberíamos empezar por preguntarnos qué necesita proteger el cerebro en cada momento de la vida.
Los datos del Framingham Heart Study muestran, por ejemplo, que la relación entre los factores potencialmente modificables y el riesgo posterior de demencia varía según la etapa vital. Hwang et al. (2023) observaron asociaciones especialmente relevantes para la diabetes y la inactividad física durante la mediana edad, además de un mayor riesgo cuando se acumulaban varios factores.
La Comisión Lancet adopta esta misma perspectiva. Livingston et al. (2024) sitúan la educación en las primeras etapas de la vida, conceden un peso importante a factores vasculares, metabólicos y conductuales durante la mediana edad y destacan otros como el aislamiento social o la pérdida visual en etapas más avanzadas. Esto no significa que cada factor pertenezca exclusivamente a una edad, sino que existen ventanas de oportunidad en las que determinadas intervenciones pueden adquirir especial relevancia.
Infancia y juventud: construir un cerebro con recursos
Durante la infancia y la juventud, el cerebro atraviesa un largo proceso de desarrollo, adquisición de conocimientos y consolidación de habilidades. Moceri et al. (2000) plantearon que determinadas condiciones de los primeros años podían estar relacionadas con el riesgo posterior de enfermedad de Alzheimer. En su estudio comunitario de casos y controles encontraron asociaciones entre algunas características del entorno antes de los 18 años y el desarrollo posterior de la enfermedad. Por su diseño observacional y su antigüedad, estos datos no permiten establecer causalidad, pero fueron relevantes para introducir que la historia de la salud cerebral puede empezar mucho antes de la edad adulta.
La evidencia reciente mantiene esta posibilidad, aunque obliga a interpretarla con prudencia. Abouelmagd et al. (2025) analizaron nueve estudios con más de 283.000 participantes y encontraron una asociación entre la exposición acumulada a experiencias adversas durante la infancia y un mayor riesgo posterior de demencia. El maltrato infantil también mostró una asociación significativa. Sin embargo, los propios autores calificaron la certeza de la evidencia como baja o muy baja, debido al predominio de estudios retrospectivos, las diferencias en la forma de medir las experiencias adversas y otras limitaciones metodológicas. Por tanto, estas experiencias deben entenderse como posibles elementos de vulnerabilidad, no como causas directas ni como predictores inevitables de demencia.
Lo más interesante quizá no sea pensar que una experiencia temprana queda “grabada” de manera irreversible en el cerebro, sino comprender cómo puede influir en las etapas posteriores. En una cohorte de 17.412 adultos mayores japoneses, Tani et al. (2020) observaron que haber acumulado tres o más experiencias adversas antes de los 18 años se asociaba con un mayor riesgo posterior de demencia. Parte de esa relación estaba mediada por variables de la vida adulta como las condiciones socioeconómicas, las relaciones sociales, el tabaquismo, la depresión y el estado de salud. Es decir, un factor temprano puede contribuir a configurar otros factores de riesgo que aparecen décadas después.
En paralelo, la educación constituye uno de los indicadores más estudiados de reserva cognitiva. La revisión de Liu et al. (2024) encontró que una mayor reserva cognitiva en etapas tempranas, especialmente mediante indicadores relacionados con la educación, se asociaba con un menor riesgo de demencia. Más que pensar en la escolarización como una protección absoluta, podemos entenderla como una oportunidad para desarrollar conocimientos, estrategias y habilidades sobre las que posteriormente se seguirán construyendo nuevos aprendizajes.
Edad adulta y mediana edad: proteger lo que hemos construido
A medida que avanzamos hacia la edad adulta, el objetivo preventivo empieza a cambiar. Continúa siendo importante aprender, mantener relaciones y permanecer cognitivamente activos, pero adquiere cada vez más peso proteger el cerebro de exposiciones vasculares y metabólicas mantenidas durante años. Una revisión de 34 cohortes prospectivas encontró que factores como obesidad, diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia y tabaquismo durante la mediana edad se asociaban con un mayor riesgo posterior de demencia (Li et al., 2019).
Esta relación entre salud cardiometabólica y salud cerebral también aparece en estudios poblacionales muy amplios. Bueno Lopez et al. (2025), utilizando datos de alrededor de medio millón de adultos en China, encontraron que antecedentes como hipertensión, diabetes e ictus se asociaban con mayor riesgo posterior de demencia y con indicadores de atrofia cerebral. Al tratarse de un estudio observacional, no podemos concluir que controlar una única condición vaya a evitar una demencia, pero los resultados refuerzan la importancia de cuidar la salud vascular y metabólica mucho antes de que existan síntomas cognitivos.
También parece importar la acumulación. En más de 203.000 participantes del UK Biobank, Tai et al. (2022) observaron un aumento progresivo del riesgo de demencia a medida que se acumulaban ictus, diabetes e infarto de miocardio. La presencia de varias condiciones cardiometabólicas también se relacionó con menor volumen hipocampal y de sustancia gris y con mayor carga de hiperintensidades de sustancia blanca.
Por eso, una medición aislada puede contar solo una pequeña parte de la historia. Hwang et al. (2023) encontraron que la acumulación de distintos factores en la mediana edad y etapas posteriores se relacionaba con un mayor riesgo de demencia. Desde una perspectiva preventiva interesa observar cuánto tiempo lleva presente una diabetes, cómo ha evolucionado la presión arterial, durante cuántos años se ha mantenido el tabaquismo o qué lugar ha ocupado la actividad física a lo largo de la vida.
Esto tampoco significa que existan cifras universales para prevenir la demencia. Las recomendaciones médicas sobre presión arterial, diabetes o colesterol deben adaptarse a las características y necesidades de cada persona. Lo relevante desde la perspectiva de salud cerebral es que Livingston et al. (2024) incluyen el control de estos factores dentro de una estrategia de prevención que comienza mucho antes de la aparición del deterioro cognitivo.
Vejez: seguir protegiendo el cerebro y mantenerlo conectado
Llegar a edades avanzadas no significa que la ventana preventiva se haya cerrado. En esta etapa siguen siendo importantes la actividad física, la salud cardiovascular y otros hábitos mantenidos durante la vida, pero también cobran protagonismo factores capaces de modificar la manera en que la persona interactúa con su entorno.
La pérdida auditiva es uno de ellos. Una revisión sistemática reciente analizó su relación con el deterioro cognitivo y exploró el posible papel del aislamiento social como mecanismo intermedio, aunque la evidencia todavía no permite determinar con precisión cuánto explica esta vía (Dhanda et al., 2024).
La participación social y cognitiva también forma parte de esta etapa. En el metaanálisis de Liu et al. (2024), la actividad cognitiva y la conexión social en edades avanzadas aparecieron asociadas con una menor incidencia de demencia. Esto no significa que leer, resolver ejercicios o participar en una actividad concreta pueda garantizar que una persona no desarrolle una enfermedad neurodegenerativa, pero sí es importante continuar aprendiendo, relacionándose y participando en actividades mentalmente estimulantes forma parte de una trayectoria asociada con mayor reserva cognitiva.
Otro ejemplo es la visión. La pérdida visual no tratada fue uno de los dos nuevos factores incorporados por la Comisión Lancet en 2024, junto con el colesterol LDL elevado. Livingston et al. (2024) señalan así la importancia de abordar los déficits sensoriales dentro de las estrategias de reducción de riesgo. Ver y oír adecuadamente no solo implica recibir estímulos sensoriales, sino también poder leer, comunicarse, desplazarse con mayor autonomía y participar en actividades cotidianas.
La relación entre los sentidos, la participación social y la cognición parece ser compleja. Wu y Zhou (2024), en un estudio con 6.799 adultos, observaron que el aislamiento social explicaba una pequeña parte de la asociación entre deterioro auditivo y peor funcionamiento cognitivo. La mayor parte de la relación permanecía sin explicar por esta vía, lo que recuerda que los factores de riesgo de demencia rara vez funcionan de manera aislada o mediante un único mecanismo.
| Etapa vital | Factores de riesgo/vulnerabilidad | Factores protectores: construcción de reserva | Impacto cerebral y mecanismo evidenciado |
|---|---|---|---|
| Etapa temprana (<18 años) | – Baja escolaridad. – Experiencias adversas durante la infancia y maltrato infantil. – Acumulación de tres o más experiencias adversas antes de los 18 años. | Educación formal como oportunidad para desarrollar conocimientos, estrategias y habilidades. | Un factor temprano puede configurar otros factores de riesgo (socioeconómicos, depresión, tabaquismo) que aparecerán décadas después (Tani et al., 2020; Abouelmagd et al., 2025). |
| Mediana edad (18-65 años) | – Factores vasculares y metabólicos: obesidad, diabetes, hipertensión e hipercolesterolemia (LDL elevado). – Factores conductuales: tabaquismo, inactividad física y consumo excesivo de alcohol. – Historial clínico: traumatismos craneoencefálicos, ictus e infarto de miocardio. | – Mantenerse cognitivamente activo y cuidar las relaciones sociales. – Cuidado y control prolongado de la salud cardiovascular y metabólica. | La acumulación de condiciones cardiometabólicas se relaciona con menor volumen hipocampal, menor volumen de sustancia gris y mayor carga de hiperintensidades de sustancia blanca (Tai et al., 2022; Bueno Lopez et al., 2025; Hwang et al., 2023). |
| Vejez (>65 años) | – Déficits sensoriales: pérdida visual no tratada y pérdida auditiva. – Aislamiento social y contaminación del aire. | – Continuar aprendiendo, leyendo, resolviendo ejercicios y participando en actividades estimulantes. – Mantener la actividad física. | Los déficits visuales y auditivos limitan la autonomía, la comunicación y la lectura, lo que puede explicar parcialmente el aislamiento social asociado al deterioro cognitivo (Liu et al., 2024; Dhanda et al., 2024; Wu y Zhou, 2024). |
No se trata solo de reducir riesgos, sino de construir reserva
La perspectiva de curso vital permite superar una visión de la prevención basada únicamente en prohibiciones. No fumar, tratar la hipertensión, controlar la diabetes o corregir una pérdida sensorial son estrategias destinadas principalmente a disminuir exposiciones asociadas con mayor riesgo. Pero es necesario seguir construyendo y utilizando recursos cognitivos. Según Liu et al. (2024), indicadores relacionados con educación, actividad cognitiva y conexión social en diferentes etapas de la vida forman parte de la reserva asociada con una menor incidencia de demencia.
Esta mirada también ayuda a entender que “modificable” no significa necesariamente “fácilmente modificable”. Bransby et al. (2024) subrayan que la capacidad de actuar sobre estos factores depende en gran medida del contexto. Acceder a una educación de calidad, recibir tratamiento para una pérdida auditiva, vivir en un entorno con menos contaminación o disponer de tiempo y espacios seguros para hacer ejercicio no son oportunidades distribuidas de manera uniforme. La prevención de la demencia requiere, por tanto, tanto acciones individuales como intervenciones clínicas y políticas de salud pública.
Además, pensar en trayectorias ayuda a evitar mensajes culpabilizadores. El trabajo de Tani et al. (2020) muestra que determinadas experiencias infantiles pueden relacionarse con condiciones sociales, comportamientos de salud o problemas de salud mental que aparecen posteriormente. Esto significa que algunos factores pueden acumularse y relacionarse entre sí, pero también que las etapas posteriores siguen ofreciendo nuevas oportunidades para intervenir y modificar parte de esa trayectoria.
Conclusión
Prevenir el riesgo de desarrollar demencia no consiste en empezar a cuidar la memoria cuando aparecen los primeros fallos. Consiste en favorecer oportunidades educativas y de desarrollo cognitivo durante las primeras etapas de la vida, proteger la salud vascular, metabólica y mental durante la edad adulta y mantener en edades posteriores la actividad física, la salud sensorial y la participación social. La propuesta de Livingston et al. (2024) resulta especialmente valiosa porque sitúa los factores de riesgo dentro de esta perspectiva temporal y recuerda que la prevención del riesgo de desarrollar demencia se extiende durante décadas.
Esta mirada también invita a empezar a pensar en nuestra salud cerebral desde jóvenes. Las decisiones y hábitos que adoptamos hoy pueden formar parte de la trayectoria con la que llegaremos a edades más avanzadas. Mantenernos físicamente activos, evitar el tabaco, cuidar la salud cardiovascular, seguir aprendiendo o cultivar relaciones sociales no son únicamente decisiones relacionadas con nuestro bienestar presente. También pueden contribuir a crear mejores condiciones para la salud cerebral futura. Sin embargo, hablar de prevención no debe trasladar toda la responsabilidad al individuo. La posibilidad de adoptar hábitos saludables también depende del acceso a una educación de calidad, servicios sanitarios adecuados, entornos seguros y recursos que no están disponibles de la misma manera para toda la población (Bransby et al., 2024).
Por eso, cuidar la salud cerebral a lo largo de la vida también implica impulsar y exigir políticas públicas que favorezcan estas oportunidades. Ampliar el acceso a una educación de calidad desde las primeras etapas, garantizar servicios de salud accesibles y eficaces, facilitar la detección y el tratamiento de factores de riesgo y reducir las desigualdades que condicionan la salud son medidas que pueden contribuir no solo a disminuir el riesgo de demencia, sino también a mejorar la calidad de vida y favorecer un envejecimiento más saludable a nivel mundial. La prevención, por tanto, no es únicamente una cuestión de elecciones personales, sino también de las condiciones sociales y sanitarias que hacemos posibles como sociedad (Livingston et al., 2024).
Tampoco existe un momento único en el que se construya o se pierda la salud cerebral. La evidencia sobre reserva cognitiva sugiere que las experiencias acumuladas a lo largo de la vida importan y que seguir cognitivamente activo y socialmente conectado mantiene su relevancia incluso en edades avanzadas. Más que una lista de comportamientos capaz de garantizar que nunca desarrollaremos demencia, la prevención debería entenderse como una trayectoria que busque reducir los riesgos sobre los que sea posible actuar, seguir ofreciendo al cerebro oportunidades para aprender, adaptarse y mantenerse conectado y, al mismo tiempo, construir sociedades que permitan a más personas acceder a las condiciones necesarias para cuidar su salud cerebral durante toda la vida.
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Preguntas frecuentes sobre los factores de riesgo modificables de demencia
1. ¿Cuáles son los 14 factores de riesgo modificables de la demencia según la Comisión Lancet 2024?
Los 14 factores identificados son: baja escolaridad, pérdida auditiva, hipertensión, colesterol LDL elevado, obesidad, tabaquismo, depresión, inactividad física, diabetes, consumo excesivo de alcohol, traumatismo craneoencefálico, aislamiento social, contaminación del aire y pérdida visual no tratada. La intervención sobre estos factores a lo largo de la vida podría prevenir o retrasar hasta el 45% de los casos.
2. ¿De qué manera afectan los factores cardiometabólicos de la mediana edad a la estructura cerebral?
La presencia sostenida de hipertensión, diabetes, obesidad o hipercolesterolemia en la mediana edad se asocia con un mayor riesgo posterior de demencia. A nivel neuroanatómico, la acumulación de estos factores y eventos vasculares condiciona un menor volumen del hipocampo, menor volumen de sustancia gris y mayor presencia de hiperintensidades en la sustancia blanca.
3. ¿Cómo influyen las experiencias adversas en la infancia en el riesgo de padecer demencia?
Sufrir tres o más experiencias adversas o maltrato antes de los 18 años se relaciona con un mayor riesgo de deterioro cognitivo en etapas tardías. Aunque no son causantes directos por sí solos, actúan como elementos de vulnerabilidad al condicionar la salud mental, el nivel socioeconómico y los hábitos de vida en la edad adulta.
4. ¿Por qué la pérdida auditiva y visual no tratada aumenta el riesgo de deterioro cognitivo?
Los déficits sensoriales no corregidos limitan la capacidad de recibir estímulos, comunicarse, leer y desplazarse con autonomía. Esto favorece el aislamiento social y la depresión, reduciendo la participación en actividades mentalmente estimulantes y acelerando el declive cognitivo.
5. ¿Cómo se construye la reserva cognitiva a lo largo de la vida?
La reserva cognitiva permite al cerebro tolerar mejor los cambios patológicos. Se construye de forma dinámica: la educación formal es decisiva en la infancia y juventud, mientras que la estimulación cognitiva continua, el aprendizaje de nuevas habilidades y la conexión social son los pilares fundamentales durante la edad adulta y la vejez.
6. ¿Es efectiva la estimulación cognitiva en adultos mayores sin diagnóstico de demencia?
Sí. Llegar a la vejez no cierra la ventana de intervención. Participar en actividades mentalmente desafiantes y programas de estimulación cognitiva en edades avanzadas ayuda a mantener la reserva cognitiva, favorece la neuroplasticidad y preserva la funcionalidad del individuo durante más tiempo.







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